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miércoles, 15 de marzo de 2017

Heterónimos

La creación de la obra va a suponer la concesión automática a su autor de una serie de derechos recogidos por la Ley, sin que sea necesario llevar a cabo ningún tipo de registro a diferencia de lo que ocurre con los derechos de propiedad industrial en los cuales el registro es constitutivo (sin registro, no hay derechos).

El artículo 14 del Texto Refundido de la Ley de Propiedad Intelectual vigente en nuestro país, hace referencia en su punto segundo a que el autor tiene el derecho moral de Determinar si tal divulgación ha de hacerse con su nombre, bajo seudónimo o signo, o anónimamente.

Por lo general, el autor de una obra literaria va a especificar el nombre que lo dé a conocer frente al público en general y que lo va a diferenciar de otros autores.
Sin embargo, tal y como especifica el mencionado precepto, en ocasiones el autor podrá optar por firmar sus obras con un nombre que no es el suyo propio, como ocurre, por ejemplo, con John Le Carré (nombre original David John Moore Cornwell) creando una dualidad y una diferenciación entre la persona y la figura del autor, de carácter público.
En otras ocasiones, una figura que ya ha obtenido notoriedad en un determinado sector, recurrirá al uso de un seudónimo para que la introducción en un mercado distinto no se vea afectada por la notoriedad ya adquirida.

En definitiva, se trata de nombres inventados completamente distintos al del autor que consiguen cumplir esa función de separar al autor de la obra de la persona que la ha llevado a cabo.

Caso aparte es el de los denominados “heterónimos”, cuya principal diferencia con la figura ya mencionada es la de que se trata no sólo de nombres distintos utilizados por un mismo autor en sus creaciones literarias, sino de personajes que poseen una personalidad distinta y separada de la de aquél, llegando a convertirse en según qué casos, en personajes de por sí.


Numerosos autores a lo largo de la historia y en diferentes países han echado mano de estos heterónimos; entre ellos el poeta portugués Pessoa (que llegó a utilizar hasta 70 nombres distintos en sus obras, casi uno por cada creación) o el celebérrimo Antonio Machado que los denominó apócrifos y que cuenta con alrededor de 33 a lo largo de su carrera literaria.